Cuba: El riesgo de repetir el mecanismo
Una mirada sobre el poder, la transición y la herida cubana, en honor a la ética republicana de José Martí.
Este PDF reúne la serie completa: un prólogo y diez ensayos sobre Cuba, la transición y el poder.
La página que estás leyendo presenta el ensayo central.
Disponible de forma gratuita en Zenodo para su correcta citación académica.
DOI: 10.5281/zenodo.20008510
Prólogo La herida y la lucidez
Hay heridas que no se discuten, se sienten.
Cuba es una de ellas.
Más de seis décadas de una dictadura fallida en todos los aspectos (económica, social, institucional, ética, militar y humana) han dejado una isla exhausta, un pueblo empobrecido y una nación fracturada. El gobierno cubano no es un "sistema con errores". Es una dictadura totalitaria que ha fracasado rotundamente: ha destruido la economía, corrompido la moral pública, empobrecido a la población civil hasta límites inhumanos, convertido las Fuerzas Armadas en un aparato de represión y control, y traicionado hasta el último principio republicano que José Martí soñó para Cuba.
Cada cubano, dentro o fuera de la isla, carga con su propia versión de esa historia. Algunos la vivieron desde dentro; otros la heredaron desde el exilio. Pero todos, de una forma u otra, la reconocen.
Esa herida no es neutra. Condiciona la mirada. También la mía.
Sería deshonesto hablar del futuro sin admitir que, en ocasiones, la respuesta emocional se impone: el rechazo visceral, la necesidad de ruptura total. Es comprensible. Es humano.
Pero precisamente por eso, es peligroso.
El mayor riesgo para Cuba no es solo el sistema que ha vivido. Es no entender el mecanismo que lo hizo posible. Porque ese mecanismo no pertenece a una ideología. Pertenece a la condición humana. Y si no se identifica con claridad, puede repetirse. Incluso con las mejores intenciones.
Este texto no es un manifiesto. No propone un líder, una plataforma ni un partido. Propone algo más difícil y más necesario: una forma de mirar que sea, al mismo tiempo, una guía concreta para la transición a la democracia. Una transición que honre a Martí, no como estatua, sino como brújula ética y republicana.
Capítulo I El mecanismo. Cómo se construye una verdad única
Las dictaduras no aparecen de la nada. Se construyen. Y lo hacen siguiendo patrones reconocibles, casi tan predecibles como los de una enfermedad con sus etapas.
Primero, surge una figura o un relato que promete solución. Puede ser un líder carismático o una idea poderosa. En contextos de crisis, ese tipo de figura encuentra terreno fértil: la gente no busca perfección, busca salida. La urgencia suprime el juicio crítico. La promesa ocupa el lugar del análisis.
Luego, se define un enemigo. Interno o externo, real o exagerado, pero necesario. Porque todo proyecto que aspire a concentrar poder necesita justificarlo. Y nada lo justifica mejor que el peligro. El enemigo cumple una función arquitectónica: es la columna que sostiene el edificio del control.
A partir de ahí, el lenguaje empieza a cambiar. El adversario deja de ser un interlocutor y pasa a ser un obstáculo. Después, un problema. Finalmente, una amenaza. Y cuando alguien se convierte en amenaza, su eliminación (simbólica o real) comienza a parecer razonable.
La represión no llega de golpe. Se normaliza.
Se acepta primero en casos excepcionales. Luego en situaciones necesarias. Y finalmente, como parte del funcionamiento habitual. El miedo se institucionaliza. La discrepancia se castiga. La obediencia se premia.
La dictadura cubana no fue un accidente histórico. Fue la aplicación sistemática y consciente de ese mecanismo: un líder carismático que prometió paraíso, un enemigo eterno (el imperialismo), un lenguaje que convirtió al disidente en traidor y finalmente, la represión institucionalizada como norma. Hoy, ese mecanismo ya no convence ni siquiera a sus propios funcionarios. Es un cadáver ideológico que se sostiene solo por la fuerza bruta y el miedo residual.
Por eso, identificarlo no es un ejercicio histórico. Es una necesidad práctica.
Capítulo II La trampa del péndulo
Cuando un sistema de control se prolonga durante décadas, genera una reacción inevitable. La presión acumulada no desaparece. Se transforma.
Aparece la rabia. La urgencia. La necesidad de ruptura. Y con ellas, una idea tentadora: que el problema puede resolverse invirtiendo los términos.
Pero esa idea es una trampa. El péndulo no corrige el error. Lo reproduce en dirección opuesta.
Donde antes hubo imposición ideológica, surge el impulso de imponer otra. Donde hubo exclusión, aparece el deseo de excluir. El mecanismo se mantiene intacto. Solo cambia el discurso que lo justifica.
Invertir los términos no basta. Cambiar de una dictadura de izquierda a una posible de derecha sería repetir el error con otro disfraz.
La libertad es el derecho que tiene el hombre de ser honrado, y de pensar y hablar sin hipocresía.José Martí, «Tres héroes», La Edad de Oro, 1889
Capítulo III Más allá de izquierda y derecha
El marco clásico de izquierda y derecha resulta insuficiente. Se usa más para identificar bandos que para describir políticas concretas.
Estados Unidos combina economía de mercado con regulaciones laborales y sistemas de protección social. El país ha sobrevivido a transiciones entre administraciones radicalmente distintas sin colapsar, porque las instituciones son más fuertes que las ideologías de quienes las ocupan temporalmente.
China mantiene control político centralizado mientras opera una economía integrada en el mercado global. Lo que permanece constante es la concentración de poder. Y ahí reside la advertencia: China no es un modelo. Es un recordatorio de que el crecimiento económico sin libertad política es inestable a largo plazo.
El problema no es si un sistema se llama de izquierda o de derecha. El problema es si permite o no la concentración de poder sin límites, político y económico.
Capítulo IV El fracaso económico. No fue solo concentración de poder
El modelo cubano no fracasó solo porque el poder estaba concentrado. Fracasó porque el socialismo de planificación central destruye, de manera sistemática, los tres pilares que sostienen cualquier economía funcional: los incentivos, la información y la propiedad.
Los incentivos
En una economía planificada, el vínculo entre esfuerzo y recompensa se rompe por diseño. La consecuencia no es la igualdad: es la uniformización hacia abajo. No es que todos tengan mucho. Es que nadie tiene incentivo para producir más que lo mínimo. Cuba lo demostró con décadas de datos.
La información
Friedrich Hayek lo explicó con precisión matemática en 1945: ningún planificador central puede agregar y procesar la información dispersa que millones de actores económicos generan con sus decisiones individuales. El precio de un bien en un mercado libre no es solo un número: es información condensada que ninguna burocracia puede calcular desde arriba. La planificación central no solo es ineficiente: es epistemológicamente imposible a escala. Cuba no fue un experimento fallido de una buena idea. Fue la confirmación experimental de una imposibilidad teórica.
La propiedad
La propiedad privada es la condición de posibilidad de la responsabilidad económica. Quien no es propietario de lo que produce no tiene razón para cuidarlo ni arriesgar en él. El resultado es la degradación progresiva de todo: los edificios, las fábricas, la tierra, los hospitales, la infraestructura.
Un Estado de derecho sin economía de mercado genuina degenera. No es una posibilidad teórica. Es una regularidad histórica. Venezuela lo demostró en tiempo acelerado: instituciones débiles más economía estatizada más renta petrolera produce exactamente el mismo resultado que Cuba, con diferente vocabulario y más velocidad.
La apertura económica real no es uno de los principios del futuro cubano. Es la condición de posibilidad de todos los demás. Sin base material, la democracia es frágil. Sin incentivos económicos, la libertad es abstracta. Sin propiedad, la dignidad es nominal.
Capítulo V La deformación antropológica. El daño que no se ve en los discursos
Este es el capítulo más incómodo. Y precisamente por eso, el más necesario.
Cuba no solo sufre un vacío cívico. Sufre una depauperación civil total: generaciones enteras han crecido sin saber lo que es un salario digno, una vivienda propia, un hospital que funcione, una escuela que enseñe a pensar. La pobreza material es solo la cara visible. La pobreza moral es peor: la corrupción cotidiana, el "resolver" como ética de supervivencia, la delación como herramienta de ascenso, la doble moral como norma de vida. El régimen destruyó la ética republicana que Martí colocó en el centro de la nación.
Ser bueno es el único modo de ser dichoso. Ser culto es el único modo de ser libre. Pero, en lo común de la naturaleza humana, se necesita ser próspero para ser bueno.José Martí, «Maestros ambulantes», La América, 1884
La delación como norma social
En un sistema que durante décadas premió la denuncia y castigó la lealtad privada, la desconfianza se convirtió en mecanismo de supervivencia. No es una acusación moral: es una descripción funcional. Cuando denunciar protege y confiar expone, las personas racionales aprenden a denunciar y a desconfiar. Esas conductas, practicadas durante décadas, se internalizan. Se vuelven reflejas.
La doble moral como segunda naturaleza
Decir en público lo contrario de lo que se piensa en privado. Aplaudir lo que se rechaza. Ese desdoblamiento permanente no es hipocresía ordinaria: es adaptación cognitiva a un entorno donde la coherencia resulta peligrosa. Genera personas que desconfían instintivamente de cualquier discurso público, incluyendo el de la propia oposición.
La dependencia estatal como identidad
Varias generaciones crecieron en un entorno donde el Estado era el único actor capaz de resolver problemas. Esa dependencia no es solo económica: es psicológica. La transición va a exigir ciudadanos que asuman responsabilidad individual en un entorno sin garantías. Ese salto no es automático ni inmediato.
El cinismo como escudo
En una sociedad donde las promesas se han roto sistemáticamente, el cinismo es una respuesta adaptativa razonable. Pero el cinismo generalizado destruye el capital social que cualquier democracia necesita. Las democracias se sostienen con ciudadanos que creen, aunque sea con reservas, que las reglas importan y que el voto cambia algo.
Las instituciones pueden construirse en años. La confianza social se reconstruye en generaciones. La herida más profunda del castrismo no está en la economía destruida ni en las instituciones deformadas. Está en las personas que aprendieron a sobrevivir en condiciones que no deberían existir.
Capítulo VI La diáspora como actor ambivalente, y como evidencia
Empecemos por lo que muchos análisis omiten: la diáspora cubana (especialmente la de Miami) es la demostración empírica más poderosa de lo que los cubanos pueden lograr en libertad. En menos de dos generaciones, una comunidad que llegó sin recursos, sin red institucional, sin idioma, construyó una economía, una infraestructura cultural, y un nivel de integración profesional que pocas comunidades inmigrantes han logrado en ningún país del mundo.
Esa brecha de resultados desmonta, con más eficacia que cualquier tratado político, la narrativa de que el fracaso de Cuba es inevitable o estructural. El problema nunca fue el pueblo. Fue el sistema.
Martí, exiliado él mismo durante gran parte de su vida adulta, nunca propuso excluir a los que se quedaron. Propuso unir a todos los cubanos de buena fe. Esa es la única diáspora que puede contribuir a construir algo nuevo: la que llega con capacidad, no con factura.
Sin embargo. Hay que decirlo con igual claridad. Durante décadas, sectores significativos del exilio han financiado discursos de ruptura total que reproducen exactamente la lógica del péndulo. Y parte de la diáspora ha operado dentro de un sistema político que ha instrumentalizado a Cuba con fines electorales. El mismo embargo que algunos sectores del exilio defienden ha funcionado durante décadas como el argumento más eficaz del régimen para justificar el fracaso del socialismo.
Lo que la diáspora tiene para ofrecer es triple: capital económico para la reconstrucción, capital humano en forma de profesionales formados en sistemas funcionales, y capital simbólico en forma de evidencia vivida de que otra Cuba es posible.
Una transición real va a necesitar a todos. No existe una Cuba legítima del exilio y una Cuba ilegítima del interior. Existe una sola Cuba, fracturada, y su reconstitución exige que ambas partes reconozcan la humanidad irrenunciable de la otra.
Capítulo VII La geopolítica como restricción estructural
Cuba no puede rediseñarse en el vacío. La ilusión más peligrosa de ciertos discursos transicionales es tratar al país como un espacio neutro que puede reinventarse a voluntad. Las variables externas no son secundarias. Son estructurales.
El embargo estadounidense ha funcionado como justificación interna del régimen tanto como castigo externo. Levantar o reformar el embargo no es un gesto de simpatía hacia el régimen. Es una condición estructural para que cualquier apertura económica tenga posibilidades reales.
La dependencia histórica de Venezuela, la presencia económica china, los intereses rusos: Cuba es un punto estratégico en el Caribe con relaciones establecidas con potencias que tienen sus propios intereses en el resultado de cualquier transición. Esos intereses no son benevolentes ni neutrales.
Una transición viable tiene que tener en cuenta estas variables no como excusas para la inacción, sino como el mapa real del territorio. Gobernar sin mapa es perderse.
Capítulo VIII Polarización. Síntoma y herramienta
La polarización no aparece por accidente. Se alimenta. En las redes sociales (el espacio donde hoy se libra gran parte de la batalla política cubana) el contenido polarizador tiene más alcance y más resonancia emocional que el análisis sereno. Los algoritmos premian la indignación.
Un país polarizado no delibera. Reacciona.
La polarización no es el problema de fondo. Es la manifestación visible de la dificultad de convivir con el desacuerdo sin convertirlo en conflicto existencial. Y en Cuba esa dificultad está agravada por décadas de deformación antropológica: una sociedad que aprendió que el desacuerdo era peligroso no aprende de la noche a la mañana a tratarlo como algo útil.
Capítulo IX La fuga de cerebros como hecho político
Cuba está perdiendo, en este momento, a la generación que podría construir la democracia que se desea.
Los jóvenes profesionales, los técnicos, los artistas, los educadores, los médicos, los ingenieros (los que tienen exactamente el capital humano que una transición necesita) están emigrando. No es una fuga de cerebros ordinaria: es el vaciamiento activo de la capa social que habría sido el andamiaje de cualquier proceso de reconstrucción institucional.
El sistema expulsa precisamente a quienes serían los agentes del cambio. Y aquí se cierra un círculo perverso: los que se quedan son, estadísticamente, los más dependientes del Estado, los más marcados por la deformación del sistema. No es una acusación. Es el resultado previsible de décadas de selección adversa.
La emigración masiva no es solo una consecuencia del sistema. Es, en este momento, uno de sus instrumentos más eficaces de perpetuación.
Capítulo X Las Fuerzas Armadas. De instrumento de la dictadura a garantes de la transición
Este es el capítulo que los análisis políticos sobre Cuba con más frecuencia evitan. Y su omisión es, en sí misma, un problema.
Las Fuerzas Armadas Revolucionarias no son un ejército profesional en el sentido convencional del término. Son el brazo armado del Partido Comunista. Pero su papel va mucho más allá de la represión: a través del conglomerado GAESA (Grupo de Administración Empresarial S.A.) las FAR controlan hoteles, puertos, tiendas en divisas, importaciones, exportaciones, y estimaciones conservadoras sugieren que gestionan entre el 60 y el 80% de las divisas duras que circulan en la economía cubana. Los militares cubanos no son solo guardianes del régimen. Son sus accionistas mayoritarios.
Eso tiene consecuencias directas para cualquier transición. Un gobierno civil que intente reformar la economía sin reformar simultáneamente la estructura militar estará intentando construir una casa nueva sobre unos cimientos que pertenecen a otro dueño.
En una transición democrática, las Fuerzas Armadas deben ser subordinadas inmediatamente al poder civil y a una Constitución, no como formalidad sino como arquitectura real. Deben perder todo control económico: la privatización total y auditada de GAESA y de todas las empresas bajo control militar es condición de posibilidad de una economía libre. No puede haber mercado genuino mientras un actor con capacidad coercitiva controla más de la mitad del flujo de divisas. Deben pasar por un proceso de depuración ética con criterio individual: quienes cometieron crímenes de lesa humanidad documentados serán juzgados; los demás serán integrados bajo nuevo mando civil. Y deben recibir una misión clara y única: defender la soberanía del territorio, no un régimen ni una ideología.
Una nación no se funda, Cubanos, como se manda un campamento.José Martí, Liceo Cubano de Tampa, 26 de noviembre de 1891
Un pueblo que entrega su destino a los militares termina siendo esclavo de sus propios soldados. No reformar las Fuerzas Armadas no es una omisión táctica. Es dejar intacto el mecanismo más poderoso de perpetuación del sistema.
Capítulo XI El vacío cívico y la reconstrucción ética
Una democracia no se construye únicamente con leyes. Se sostiene con ciudadanos capaces de entenderlas, defenderlas y exigir su cumplimiento. Sin esa base, cualquier intento de apertura corre el riesgo de ser capturado por dinámicas ya conocidas.
El primer pilar es la educación cívica activa, no como asignatura sino como práctica. Reconstruir la ética republicana que Martí colocó en el centro de su proyecto: enseñar a distinguir un derecho de un privilegio, una institución de un favor, la ley de la orden.
El segundo pilar es la libertad de prensa y los medios independientes. No como ornamento democrático, sino como mecanismo de control social. Un ciudadano que solo tiene acceso a un relato del mundo no puede ejercer una ciudadanía real.
El tercer pilar es la sociedad civil organizada: sindicatos reales, asociaciones profesionales autónomas, organizaciones comunitarias, iglesias en su función histórica de contrapeso al poder del Estado. Ese espacio, en Cuba, ha sido sistemáticamente vaciado. Rellenarlo no es opcional: es la condición de posibilidad de todo lo demás.
Sin una sociedad con ética republicana, las instituciones democráticas serán solo fachadas. Martí lo advirtió con claridad: la república no es solo una forma de gobierno. Es una forma de ser.
Capítulo XII Principios para no repetir el error
Si hay una lección que se desprende de la experiencia, es que el problema no radica únicamente en quién ejerce el poder, sino en cómo ese poder está estructurado:
Estado de derecho
La ley por encima de cualquier figura, grupo o ideología. Sistema judicial independiente, no designado por el ejecutivo.
Separación real de poderes
Un legislativo que no sea cámara de aprobación, un judicial que no obedezca al ejecutivo, instituciones de control autónomas.
Protección activa del disenso
El desacuerdo no tolerado, sino garantizado estructuralmente, incluso cuando al poder no le conviene.
Justicia individual
Responsabilidad basada en actos concretos documentados. No en pertenencias ideológicas ni en culpa colectiva.
Límites al poder
Mandatos definidos, transparencia institucional. Ningún cargo sin fecha de caducidad.
Economía de mercado con propiedad real
La base material de todos los demás principios. Propiedad privada genuina, fin del monopolio estatal y militar sobre el comercio.
Desmilitarización del Estado
Fuerzas Armadas subordinadas al poder civil, sin control económico, sin función política.
Reconstrucción ética nacional
Una república "con todos y para el bien de todos", donde la dignidad del ciudadano sea el fundamento, no el favor del gobernante.
Capítulo XIII Modelos de transición. Lo que enseña la experiencia
Hablar de transición sin mirar la evidencia histórica es filosofía sin fricción.
Sudáfrica y las Comisiones de Verdad y Reconciliación representan el intento más documentado de construir justicia sin destruir la viabilidad del Estado. La lección no es que la impunidad sea aceptable, sino que la justicia tiene que diseñarse dentro de los límites de lo que una sociedad puede sostener sin fragmentarse.
Alemania del Este, tras la reunificación, abrió los archivos de la Stasi y permitió a los ciudadanos acceder a sus propios expedientes. No fue una cacería. Fue una confrontación con la verdad. Cuba tiene, en sus propios archivos del Estado, una herramienta similar, si algún día decide usarla con el mismo rigor.
La Transición española fue un pacto de olvido. Sus consecuencias se sienten hasta hoy. Lo que enseña no es que el olvido funciona, sino que los pactos sin verdad generan heridas que no cicatrizan.
Chile post-Pinochet muestra una vía intermedia: juicios individuales, lentos, parciales, avanzando a lo largo de décadas. El proceso en sí tuvo un efecto social estabilizador.
Ningún modelo importado servirá sin adaptación a la realidad cubana. Pero todos enseñan lo mismo: la verdad es no negociable; los mecanismos de justicia pueden adaptarse; las transiciones que intentan resolverlo todo al mismo tiempo colapsan.
Capítulo XIV La legitimidad del poder transitorio
¿Quién gobierna entre el fin del sistema actual y la consolidación de uno nuevo? ¿Con qué legitimidad lo hace? ¿Cómo se evita que ese poder transitorio se convierta en permanente?
El poder transitorio legítimo requiere tres condiciones: legitimidad de origen (plazos definidos, supervisión internacional, prohibición de que sus miembros se presenten a elecciones inmediatas); legitimidad de proceso (transparencia total, porque un gobierno transitorio que opera en secreto está sentando los fundamentos de un nuevo autoritarismo); y legitimidad de resultado (una fecha de extinción corta, pública y jurídicamente vinculante, máximo 18 a 24 meses).
El gobierno transitorio debe incluir representantes de la sociedad civil del interior y de la diáspora. No puede ser el proyecto de un solo sector, de una sola generación ni de una sola geografía.
El poder transitorio legítimo no es el que tiene las mejores intenciones. Es el que tiene los mejores límites.
Capítulo XV La emoción como motor, y como peligro
Este capítulo va dirigido a quien está en la calle. A quien tiene la rabia en el cuerpo, no solo en las palabras. A quien ha visto sufrir a su familia, a quien lleva años esperando, a quien ya no puede más.
Tienes razón en tu rabia. No necesitas justificarla.
Décadas de humillación, de miedo institucionalizado, de silencio forzado, de ver partir a los que amas: eso genera una deuda moral que no se puede pagar con palabras.
Pero la rabia moviliza, y la rabia sin estructura destruye tanto a quienes quieres derribar como a quienes quieres construir. Los momentos de ruptura histórica son también los momentos en que se decide qué tipo de futuro se construye. Lo que se hace en esos momentos importa. Importa quién toma las decisiones y cómo. Importa si las instituciones que se construyen en la urgencia tienen la solidez suficiente para sobrevivir cuando la urgencia pase.
La rabia es necesaria. La rabia es justa. Pero la rabia que no sabe cuándo detenerse no transforma: destruye y luego se convierte en lo que destruyó.
El desafío no es elegir entre la emoción y la razón. El desafío es usarlas juntas. La emoción sin estructura genera caos. La estructura sin emoción no tiene fuerza para moverse. Juntas pueden construir algo que dure.
Capítulo XVI La transición posible. Guía concreta para los primeros 24 meses
Cuba no necesita otro mesías. Necesita instituciones, economía y ética. Los pasos prioritarios para el período de transición, en orden de urgencia:
Semana uno
Liberación inmediata de todos los presos políticos y amnistía general para delitos de conciencia. Este es el acto fundacional de cualquier legitimidad transicional. Sin él, todo lo demás es retórica.
Primer mes
Convocatoria de una Asamblea Constituyente plural y soberana, con representación de la sociedad civil del interior, la diáspora, y todas las regiones del país. Su mandato: redactar una Constitución nueva, no reformar la existente.
Primeros seis meses
Inicio de la reforma económica radical: declaración de la propiedad privada plena e irrevocable sobre tierra, vivienda y empresas; apertura a la inversión extranjera con reglas claras y sin intermediarios del Estado; eliminación del monopolio estatal en todos los sectores productivos con un horizonte de 24 meses; creación de un Banco Central independiente y una moneda convertible; desmantelamiento de las regulaciones que asfixian al emprendedor.
Paralelo e inmediato
Inicio de la reforma militar: subordinación de las Fuerzas Armadas al poder civil electo; apertura de auditorías independientes sobre GAESA y todas las empresas militares; inicio del proceso de privatización auditada; establecimiento de una nueva misión institucional: defensa del territorio, no defensa de un régimen.
Primeros doce meses
Programa nacional de reconstrucción ética y cívica: nueva educación ciudadana basada en el legado republicano de Martí; fomento activo de la sociedad civil; reconocimiento público de las víctimas del régimen y diseño de mecanismos de reparación simbólica y material.
Meses doce a veinticuatro
Primeras elecciones libres, plurales y supervisadas internacionalmente. El gobierno transitorio entrega el poder. Sin excepciones. Sin prórrogas. Sin argumentos de emergencia.
Este cronograma es exigente. También es el mínimo necesario para que la transición sea real y no un cambio de nombre sobre la misma estructura.
Epílogo La responsabilidad
Cuba no enfrenta únicamente un cambio político.
Enfrenta una decisión histórica.
Reproducir el mecanismo (con otro discurso, con otros nombres, con otra dirección en el péndulo) es el camino más corto. También el más conocido. Y el que más se parece a lo que ya se vivió.
Romperlo exige algo más difícil: entenderlo. No en abstracto, sino en sus manifestaciones concretas y cotidianas. En el lenguaje que usa. En los enemigos que construye. En el poder que concentra. En los límites que niega. En la economía que controlaba. En los militares que sostenía. En las personas que formó.
No se trata de sustituir una verdad por otra. Se trata de construir un sistema donde ninguna verdad pueda imponerse sin límites.
Ese sistema no llegará completo y terminado desde afuera. Lo construirán ciudadanos: imperfectos, contradictorios, marcados por la deformación de décadas pero capaces (como lo demuestra cada cubano que ha prosperado en libertad) de algo completamente distinto cuando las condiciones lo permiten.
Cuba no necesita cambiar de manos el poder que oprime.
Necesita cambiar la forma en que el poder existe.
Y no puede hacerlo solo con leyes ni solo con mercados ni solo con instituciones. Necesita también sanar las personas que el sistema formó. Ese es el trabajo más largo. Y el más urgente.
Con todos y para el bien de todos.José Martí
Es hora de construir la Cuba que Martí imaginó.
Es hora de que los cubanos, por fin, seamos dueños de nuestro destino.
Y Cuba ha pagado demasiado, con hambre, con exilio, con sangre y con sueños rotos, para merecer una repetición.
Ernesto Cisneros Cino