Mauro siempre había sido de los que miran.
En las fiestas, contra la pared. En las reuniones, callado, leyendo la sala. Le gustaba entender un sistema antes de meterse en él, y casi siempre, para cuando lo entendía, ya se le habían pasado las ganas de meterse. Por eso fue al concierto y se quedó atrás, en el borde de la pista, donde la marea de gente todavía no apretaba.
Desde ahí lo vio.
Que la multitud no se movía al azar.
Cuarenta mil personas en aquel campo, y sin embargo el movimiento tenía forma. Por la masa cruzaban ondas, igual que por el agua, igual que por un trigal con viento. Una zona se comprimía, soltaba la presión hacia los lados, y la onda viajaba, limpia, hasta el otro extremo y volvía. Cuando un sector levantaba los brazos, el de al lado lo seguía con un retraso exacto, siempre el mismo, y el gesto recorría el campo como una corriente.
Mauro conocía el nombre de eso. Lo había visto en los estorninos, en los bancos de peces, en las simulaciones: cada individuo solo atiende a sus vecinos más cercanos, iguala su velocidad, mantiene su distancia, y de esas tres reglas tontas, sin que nadie mande, nace una sola criatura de cuarenta mil cuerpos.
Le pareció hermoso.
Sonrió, con esa pequeña soberbia del que ve la estructura que los demás no ven.
Y, para verla mejor, dio un paso adentro.
Al tercer paso ya no estaba en el borde.
La pista lo había tragado sin que él lo decidiera del todo. El aire se volvió caliente, espeso, hecho de aliento ajeno. Los cuerpos lo rodearon por los cuatro costados, y el suelo dejó de ser suyo: cuando la multitud se mecía, él se mecía, no porque quisiera, sino porque no había espacio para no hacerlo.
Decidió salir. Solo para probar. Quería una cerveza, se dijo, aunque no la quería; quería comprobar que podía.
Empujó con el hombro hacia la izquierda, hacia donde calculaba la salida.
Una onda de presión llegó por ese mismo lado, suave, sin violencia, y lo devolvió a su sitio. Como un pez que gira mal y la corriente del cardumen lo endereza. Ni siquiera fue un rechazo. Fue una corrección.
Lo intentó otra vez, más fuerte, clavando los pies.
Llegó un surge, una de esas compresiones grandes, y lo levantó. Por un segundo sus pies no tocaron el suelo. La masa lo cargó medio metro y lo depositó, de pie, un poco más allá, mirando hacia otro lado. No había caminado. Lo habían conducido.
Mauro sintió el primer pinchazo de miedo, frío, en mitad del calor.
No podía salir. No porque alguien se lo impidiera. Porque no había un alguien. Solo reglas, vecinos, distancias, y de las reglas no se sale empujando.
Decidió rebelarse en pequeño.
Si no podía moverse adonde quería, al menos movería algo inútil. Algo que la multitud no necesitara. Una afirmación mínima de que ahí dentro seguía habiendo un Mauro que mandaba sobre, por lo menos, su propia mano.
Todos levantaban los brazos en el golpe del bombo. En el uno.
Él decidió levantar el suyo en el contratiempo. En el y. A destiempo, a propósito, contra el patrón, por puro gusto de llevar la contraria.
Su brazo subió en el uno.
Con todos.
Lo vio subir. Sintió, eso sí, que la orden había salido de él, que él lo había querido. Pero el brazo obedeció al bombo, no a su capricho. ¿Lo había decidido él, en el último instante, plegarse? ¿O el patrón tenía un hueco con forma de brazo justo ahí, y su brazo, que ya era parte del patrón, fue a llenarlo?
No supo distinguirlo.
Y no poder distinguirlo fue peor que cualquier empujón.
Entonces empezó a anticipar.
Supo, dos segundos antes, que iba a venir una compresión por la derecha. Vino. Supo que la onda rebotaría y volvería por el centro. Volvió. Supo hacia dónde se inclinaría la masa en el estribillo antes de que el estribillo llegara, y la masa se inclinó hacia ahí.
Al principio le sirvió. Se anticipaba, se acomodaba, no lo zarandeaban. Por un momento se sintió otra vez listo, otra vez el que entiende el sistema.
Hasta que la pregunta le abrió un agujero en el estómago.
¿Estaba prediciendo a la multitud?
¿O la próxima jugada de la multitud se estaba formando dentro de él porque él ya era uno de los lugares donde la multitud calculaba su próxima jugada?
El medio segundo que separaba su pensamiento del movimiento de todos se fue encogiendo. Pensar "ahora a la izquierda" y la izquierda llegar dejaron de tener orden. Eran la misma cosa. Su anticipación y el movimiento colectivo se habían sincronizado, y una cosa sincronizada con otra no sabe cuál de las dos empezó.
Buscó un pensamiento que fuera solo suyo.
Algo de adentro, privado, que la masa no pudiera tener. Un recuerdo. La cara de alguien. Su propia infancia. Tendió la mano hacia ese sitio interior donde uno guarda lo que es de uno.
Y el gesto de tender la mano hacia adentro también tenía ritmo. También iba en compás. Hasta su modo de buscarse a sí mismo latía al tempo de los cuerpos.
El borde se borró.
Dejó de saber dónde terminaba él y empezaba el de al lado. La piel ajena pegada a la suya dejó de ser ajena, dejó de ser piel, fue solo el límite difuso de un cuerpo grande del que su cuerpo era una célula. Su voluntad de moverse y el movimiento de la masa se volvieron indistinguibles, no porque la masa lo aplastara, sino porque ya no había dos cosas que distinguir.
Lo último que reconoció como propio fue el pánico.
El querer salir. El no, el por favor, el yo soy uno, el déjenme. Ese grito sí era suyo, intacto, lúcido, entero, gritando hacia afuera con todo lo que le quedaba.
Pero el grito no tenía ya ninguna palanca.
Porque el cuerpo que gritaba por dentro estaba, por fuera, meciéndose. Levantando el brazo en el uno. Pisando cuando pisaban todos. Coreando, con la boca abierta, una letra que no había decidido cantar.
La canción llegó a su punto más alto, y los cuarenta mil se hicieron, por fin, una sola criatura perfecta.
Por la pista cruzó la onda más limpia de la noche, sin un solo cuerpo fuera de fase, sin una sola turbulencia, sin nada que rozara contra nada. Hermosísima. La cosa que Mauro había admirado desde el borde, ahora completa, terminada, sin fisuras.
Y en algún punto de esa onda perfecta había un hombre que por dentro seguía siendo él, despierto, aterrado, ordenándole a su brazo que bajara, a sus pies que se quedaran, a su boca que se cerrara, gritándose a sí mismo que parara, que se saliera, que volviera a ser uno.
Su brazo subió en el uno.
Sus pies pisaron con los demás.
Su boca cantó.
No quedaba, en toda aquella criatura magnífica, una sola superficie donde algo empujara hacia otro lado.
Y nunca se sabría, ni él lo sabría, si era que una mente había despertado entre los cuarenta mil y se los estaba comiendo de adentro hacia afuera.
O si nunca, ninguno, ni Mauro ni nadie, se había movido de verdad por su cuenta, y lo único falso de toda la noche había sido la sensación de mirar desde el borde, creyéndose aparte.
La onda llegó al otro extremo del campo.
Rebotó.
Y volvió, perfecta, a buscarlo.