Libros · No apagues la luz
VIII

El Libro que se Reescribe Solo


Elías nunca en su vida había dejado un libro a medias.

Era una cuestión de principios, casi de honor. Los buenos y los malos, los que lo aburrían y los que lo herían, todos los terminaba. Cerrar un libro sin acabarlo le parecía una pequeña traición, dejar a alguien hablando solo.

Por eso, cuando entró en la biblioteca abandonada, ya estaba perdido. Solo que todavía no lo sabía.

Era el ala vieja de un seminario clausurado. Lo habían dejado entrar porque iba a fotografiar la ruina para un archivo, y se quedó solo entre los estantes podridos, con la luz gris de un ventanal sucio y un silencio de papel mojado. Los libros se caían a pedazos. Hongo, humedad, lomos reventados.

Menos uno.

Estaba sobre una mesa, en el centro, limpio, sin una mota de polvo, como si alguien acabara de dejarlo. Sin título en la tapa. Sin autor.

Elías lo abrió.

No era ficción. Era una biografía. La vida de un hombre, contada desde el nacimiento, con esa prosa seca y segura de las biografías serias. Un hombre nacido en una ciudad de provincias, hijo de una maestra, lector desde niño.

Le sonó. Vagamente, le sonó.

Leyó una hora de pie, sin sentir el frío. La vida de aquel hombre era corriente, ni heroica ni miserable, pero estaba contada de un modo que no podía soltar. Cuando la luz del ventanal empezó a irse, marcó la página con el dedo, cerró el libro un momento para descansar la vista.

Y al abrirlo de nuevo, la página había cambiado.

No era la misma frase donde había dejado el dedo.

Pensó que se había equivocado de página. Pasó atrás. Adelante. No: el texto era otro. Donde había leído que el hombre se llamaba de una manera, ahora se llamaba de otra. Donde la madre era maestra de pueblo, ahora era maestra de una ciudad. La de Elías. La ciudad de Elías.

Cerró el libro entero, con las dos manos, el corazón empezando a apurarse.

Lo volvió a abrir.

El nombre de la madre del libro era ahora el nombre de la madre de Elías.

Cerró. Abrió.

El hombre del libro había tenido, de niño, un perro que se llamaba como el perro que Elías tuvo de niño, y que solo Elías y un par de muertos podían recordar.

Cada vez que lo cerraba y lo abría, el libro se corregía. Se acercaba. Tachaba al desconocido del principio y escribía, en su lugar, a Elías. Capítulo a capítulo, su vida iba entrando en aquellas páginas como el agua entra en la arena.

Tendría que haber salido de allí. Cualquiera habría salido.

Pero era su vida. Y él nunca, nunca, había dejado un libro a medias.

Y menos este.

Leyó toda la noche, a la luz de la linterna, sentado en el suelo helado.

Y descubrió lo que de verdad daba miedo.

No era que el libro contara su vida. Era que la contaba peor.

Cada episodio que reconocía estaba torcido hacia su lado oscuro. Aquella vez que, de joven, estuvo a punto de hacer una cosa mezquina y no la hizo: el Elías del libro la había hecho. Aquella amistad que él salvó con una llamada a tiempo: el Elías del libro no había llamado, y la había dejado morir. Aquel duelo que él sobrevivió: al Elías del libro lo había hundido para siempre.

El hombre de las páginas era él, exactamente él, en todas las bifurcaciones donde el Elías real había elegido lo decente, lo cobarde-pero-limpio, lo que se perdona. El del libro había tomado, una por una, todas las salidas que él esquivó.

Era el peor Elías posible. El que él habría sido si en cada cruce hubiera doblado hacia lo peor.

Y el libro lo escribía con su nombre, su madre, su perro, sus secretos. Cosas que él jamás le contó a nadie aparecían en las páginas, hechas, consumadas, firmes.

No se podía discutir con una biografía. Una biografía no opina. Solo informa de lo que pasó.

Empezó a buscar la página.

La del cruce. El punto exacto donde la vida del libro se separaba de la suya, donde el peor Elías nacía del bueno. Si la encontraba, pensó, podría señalarla, sostenerla, decir: aquí, aquí no fui yo, aquí yo elegí distinto. Probarse a sí mismo de qué lado estaba.

Pero el libro se reordenaba.

Cada vez que cerraba y abría para buscar atrás, los capítulos habían cambiado de sitio, y la bifurcación nunca estaba donde la había dejado. Pasó las horas, los días, no supo ya cuántos, en aquella biblioteca, cazando una página que se movía.

Hasta que una madrugada abrió el libro y leyó, en presente, un capítulo nuevo:

Pasó días enteros en la biblioteca en ruinas, sin comer apenas, buscando la página donde su vida se había torcido. No entendía que buscarla era ya parte de lo que estaba escrito.

Elías levantó la vista.

El libro lo había alcanzado. Ya no contaba su pasado, peor. Contaba su presente. Iba a su altura.

Y, cuando volvió a bajar los ojos, iba un poco por delante.

Empezó a notarse a sí mismo desde fuera.

Pensamientos que no reconocía como suyos le pasaban por la cabeza, y al rato los encontraba en una página anterior, atribuidos al Elías del libro. Hizo un gesto, una crueldad pequeña, callada, hacia el guardia del seminario que vino a preguntar si estaba bien; un gesto que no era de él, que era del otro. Y al abrir el libro, ahí estaba, escrito ya, con tinta que parecía todavía húmeda.

La membrana entre los dos Elías se adelgazaba.

No sabía ya si el libro se estaba corrigiendo hacia él, o si era él quien se estaba corrigiendo hacia el libro. Si las páginas copiaban su vida, peor, o si su vida había empezado a obedecer a las páginas. Las dos cosas lo dejaban en el mismo sitio, que es lo que pasa siempre con este tipo de cosas.

Lo único cierto era que no podía parar de leer.

Porque era su vida. Porque iba a peor. Porque tenía que saber. Porque nadie en el mundo es capaz de cerrar el libro donde se cuenta, página a página, en qué se está convirtiendo.

La última vez que lo abrió, la página describía una biblioteca abandonada.

El ventanal sucio. El polvo. El frío. Una mesa en el centro y, en ella, un libro sin título. Y un hombre en el suelo, con una linterna que ya casi no daba luz, leyendo un libro cuya historia cambiaba cada vez que lo cerraba y lo abría.

Leyó que era su vida, y que era peor. Buscó la página donde se había torcido y no la halló, porque la torcedura era esto, era ahora, era el acto de leer.

Elías leyó esa frase justo mientras la vivía.

Y debajo, la página seguía. Había más. Líneas que él aún no había alcanzado, esperándolo, adelantadas, con la tinta brillando fresca a la luz de la linterna moribunda. Lo que iba a hacer a continuación. Peor. Y después de eso, más, escribiéndose solo unos centímetros por delante de sus ojos, siempre por delante, imposible de alcanzar leyendo, imposible de detener sin dejar de leer.

Pensó en cerrarlo. En soltarlo y salir corriendo y no terminarlo, por primera vez en su vida.

Bajó los ojos para buscar fuerzas.

Y leyó:

Pensó en cerrarlo. Pero no lo cerró.

Y era verdad.

No lo cerró.

Siguió leyendo, hacia abajo, hacia lo que venía, mientras en alguna parte el peor Elías y él terminaban, sin que se notara el momento, de ser el mismo hombre. Y la última frase que alcanzó a leer, allí en el suelo, con la luz a punto de apagarse, decía que la última frase que alcanzaba a leer no la había escrito él.